La tarde, los cerros, el suave ronroneo de los gatos en el alfeizar de la ventana. Tú la abrazas deseando dormir, para que ese momento no cese, para que se quede fijo, suspendido en tu recuerdo.
La noche, las luces, el suelto divagar de los que grillan. Ella lo abraza, con la lenta desesperación de quien no desea despertar, para que sus senos contra su espalda permanezcan así, como ellos, unidos, acompasados, perennes.
Otra te abraza a ti, y tú te dejas estar, porque la tranquilidad que te depara se aproxima mucho a la gratuidad, a la libre entrega. Cierras los ojos y te niegas a oír el ruego que su piel transmite a la tuya. Ignoras, decides evitar, cuidadosamente, cualquier ramalazo de melancolía. Ella no piensa en ti, él no piensa en ella, tú no piensas en quien busca con sus labios la base de tu nuca.
A ninguno le importa.
lunes, abril 24, 2006
domingo, abril 16, 2006
Carne que además puede leer filosofía
Como lo sabe caperucita feroz el secreto está en el silencio, en la atávica capacidad de aislarnos del ruido circundante y permanecer dentro de nosotros, así, callados. Lujo cada vez más esquivo, el silencio es el que nos permite de veras ser, escucharnos de manera profunda, dejar de mentirnos o aturdirnos con toda la serie de sonidos y pantallas. Ahí somos, baste decir que el ritmo del corazón se equipara con la sordina absoluta de nuestro universo, baste decir que el mejor beso es aquel que gime como dos bocas a presión, baste escuchar la nada de vez en cuando, para imaginarnos como algo mejor, como carne que además puede leer filosofía.
domingo, abril 09, 2006
Consideraciones sobre "V" de Pynchon
¿Pero, quién o qué es V? A través de toda la novela, la inicial V emerge como un símbolo de algo a ser perseguido, cortejado y conquistado, algo a ser querido, poseído o reganado, pero nunca para algún motivo en especial. De acuerdo a los “episodios”, V podría ser una mujer misteriosa, que persigue deliberadamente el camino de lo Inanimado mientras el antiguo orden da en doloroso parto luz a los horrores y sinsabores de la Modernidad. Como una sirena, ejerciendo una influencia esclavizadora sobre hombres y mujeres por igual, ella parece contener en sí misma las fuerzas opuestas del estancamiento y la rebeldía en alambicada presión, apareciendo en momentos históricos de decadencia y revolución. Y aún así sus motivos son oscuros; e incluso su naturaleza e identidad parecen indeterminadas, como una partícula quántica que contiene en sí los secretos de la onda y la partícula, subvirtiendo cualquier intento de definición por el hecho de poseer propiedades indistintas. Al final, él mismo admite: “V era ya en ese momento un concepto enormemente disperso”. Amante, prostituta, madre, monja, mujer: aún cuando podría ser el Edén perdido llamado Vheissu, ella debe ser siempre considerada en términos femeninos. Como la exilada Shekina, o la mitad femenina de Dios que los gnósticos llamaban Sophia y los cabalistas creían encarcelada en la matriz del universo físico, V parece más una promesa perdida que una figura real. ¿Quizás, el hecho de crear a V fue algo maravilloso y maravillante? Es posible que V sólo sea una suerte de ilusión, que representa solamente al deseo mismo. Quizás nos lleva -como el impiadoso intento de converger dos líneas paralelas- a la búsqueda de la posesión de algo inalcanzable. O, para verlo del revés, es V el símbolo de las múltiples maneras en que los caminos se bifurcan y difuminan al irradiarse desde un punto en particular…
martes, abril 04, 2006
ellas o yo?
Mujeres derrotadas, mujeres maravillosas donde el cuerpo y los ojos se mantienen a la par, brillando con luz propia. Mujeres que se atrevieron a vivir sin desafiar a nadie más que así mismas, sabiendo que el verdadero desafío se encuentra dentro de nosotras. Mujeres que supieron ser y ahora son. A pesar de la fragilidad, a pesar del eterno desamparo. Ellas, que merecen un lugar en esta buena, fértil, desconocida tierra. Es tan fácil hablar bien de ellas, desde la tranquila distancia del ordenador, las tres comidas, las píldoras anticonceptivas. El feminismo.
Vamos, ¿quién me da una moneda para aliviar su alma? ¿Quién financia mi próxima novela sobre las rebeldes de Alasia? Os lo juro: llorarán los irresueltos morales, se compadecerán las ecologistas de carné, me denostarán en la tele los antifeministas. Po_Le_Mi_Ca. Así se llama ahora la promesa de quien vende su alma al diablo por fama y dinero, en estos días (y se deletrea a f r i c a a f h g a n i s t a n o m a s u y o s h e r z e g o b i n a m a l a s y a m e x i c o a m a z o n i a hasta que las letras se agoten, hasta que ya no demos más, hasta que se nos ocurra una solución o den algo mejor en la tele ¡ shhh ! )
el amado
Soñé con el amado. Lenta, reflexivamente, esas palabras vienen a mi boca, al instante de despertar. Es mi constatación lenta, mínima aunque firme: eso es lo que resume los periplos de mi noche. Una sola frase, y el destello de sangre y sudor que aconteció entre sueños. Caminé con él, calibrándolo. Y mi certeza marcó al instante más allá de toda duda posible. Esta vez, no he sido yo quien te ha escogido. Está bien así. Tú tampoco supiste bien porqué yo y no otra. Inescrutable el designio, queda la sensibilidad, acaso extrema: bien está que yo sea tuya, puesto que no puedo basarme en otra desazón para saberte mío.
sábado, abril 01, 2006
Sin permiso
Tocaban a la puerta, afuera Barcelona estaba envuelta en una niebla espesa. Por un momento a Mikele no le cupo la menor duda, era la lluvia y el batir desvencijado de la puerta. “Nada más, jotío, ni siquiera un cuervo”. Cuando el batir se hizo más insistente y se pusieron a gritar su nombre, sin ningún respeto por la hora ni los vecinos, no tuvo más remedio que apresurarse hacia la puerta, para dar paso a la mojada criatura, vestida enteramente de rosado, que le estampó un húmedo beso en la mejilla.
_¡Raspa! ¿Hace cuánto que no te afeitas?
Mikele en un gesto automático se pasó la mano por la barba, mientras intentaba dilucidar si aquella niña con botas rosa añejo, impermeable fucsia, cofia, aretes y boca rosa encendido era una aparición o un mal recuerdo. Se decidió por lo segundo.
_Preciosa, han pasado unos años –le dijo Mikele mientras la conducía adentro- aún así, te ves exactamente igual a cuando nos conocimos.
_Lamento no poder decir lo mismo- dijo ella- y Mikele sintió que sus ojos verdes le medían de pies a cabeza. Intentó ser amable.
_Adelante, linda, ponte cómoda. ¿Tequila, como siempre?
Ella se limitó a asentir con la cabeza, se había quitado el impermeable y ahora sólo mostraba un delicado vestido rosa, de esos que a Mikele le traían aún los recuerdos de tambores y velas en Brasil, en las playas, antes de asistir a los exorcismos.
_Dime que no vienes a eso, guapa. Más bien, dime que no has venido, confírmame que estoy imaginando cosas, y por sobre todo (no tomas limón ¿verdad? ¿sal?) entiende que ya hace mucho que intento no hacerlo.
_Mikele, esta vez es serio, no estamos hablando de ninguna especie conocida de condenados.
_Ya no soy cura, cariño, de qué voy a servirte. Demonios, incluso he estado casado y no...
_Estamos casi seguras de que fue ella... esta criatura, quien mató a tu esposa. Debes creerme Mikele.
Sus ojos tristes, como siempre. Una inmensa muñeca de ojos tristes (verde víbora, pensó el) y cuerpo de porcelana le miraba seriamente. “No olvides -se dijo a sí mismo Mikele- que aún así esta criatura lleva la marca de la serpiente, por más que ahora utilice esas piernas enfundadas de rosado para ayudar a nuestro bando...' Le alcanzó un segundo vaso de tequila mientras mentalmente se preparaba para abandonar el apartamento, la ciudad, este lado del Atlántico.
_Veo que estamos apelando a mi buena fe- le dijo. Y sonaron dos copas.
Cba, abril 2005
_¡Raspa! ¿Hace cuánto que no te afeitas?
Mikele en un gesto automático se pasó la mano por la barba, mientras intentaba dilucidar si aquella niña con botas rosa añejo, impermeable fucsia, cofia, aretes y boca rosa encendido era una aparición o un mal recuerdo. Se decidió por lo segundo.
_Preciosa, han pasado unos años –le dijo Mikele mientras la conducía adentro- aún así, te ves exactamente igual a cuando nos conocimos.
_Lamento no poder decir lo mismo- dijo ella- y Mikele sintió que sus ojos verdes le medían de pies a cabeza. Intentó ser amable.
_Adelante, linda, ponte cómoda. ¿Tequila, como siempre?
Ella se limitó a asentir con la cabeza, se había quitado el impermeable y ahora sólo mostraba un delicado vestido rosa, de esos que a Mikele le traían aún los recuerdos de tambores y velas en Brasil, en las playas, antes de asistir a los exorcismos.
_Dime que no vienes a eso, guapa. Más bien, dime que no has venido, confírmame que estoy imaginando cosas, y por sobre todo (no tomas limón ¿verdad? ¿sal?) entiende que ya hace mucho que intento no hacerlo.
_Mikele, esta vez es serio, no estamos hablando de ninguna especie conocida de condenados.
_Ya no soy cura, cariño, de qué voy a servirte. Demonios, incluso he estado casado y no...
_Estamos casi seguras de que fue ella... esta criatura, quien mató a tu esposa. Debes creerme Mikele.
Sus ojos tristes, como siempre. Una inmensa muñeca de ojos tristes (verde víbora, pensó el) y cuerpo de porcelana le miraba seriamente. “No olvides -se dijo a sí mismo Mikele- que aún así esta criatura lleva la marca de la serpiente, por más que ahora utilice esas piernas enfundadas de rosado para ayudar a nuestro bando...' Le alcanzó un segundo vaso de tequila mientras mentalmente se preparaba para abandonar el apartamento, la ciudad, este lado del Atlántico.
_Veo que estamos apelando a mi buena fe- le dijo. Y sonaron dos copas.
Cba, abril 2005
domingo, marzo 26, 2006
Las hormigas y el destino
Las hormigas aparecen todos los años en mi cama, y no están anunciando lluvia. Las sábanas cubiertas de su ansioso moverse me empujan a destinos inverosímiles, desde hace ya mucho tiempo. Como un ritual inesperado: así ellas me empujan a mudar mi cuerpo de colchón. Aunque las circunstancias varíen, a pesar de que el espacio físico donde duermo, a veces, no cuente con un plan secundario, aunque no siempre (lo sabemos) haya otro lecho que te espere, aún así ellas deciden invadirme.
Quizás persiguen mi olor. El lento rezumar del cuerpo que cambia y se diluye, que tal vez posee una nota en especial atractiva, una vez cada año, en un ciclo por demás conjetural, insospechado. Acaso ellas beben de mí algo que yo no me sé.
Igual, no puedo evitar pensar en dos destinos: ese día posible donde me pierda definitivamente, y me abandone al lento gritar de quien ve hormigas salir de sus ojos, delirante de soledad y copas. O el de acabar llevada por las reales, marrones y chicas, como quien arrastra al último de una dinastía. Y cada año mi inquietud se acrecienta, ¿cuál será pues, el punto final de estas periódicas apariciones? ¿Cuál mi destino?
Quizás persiguen mi olor. El lento rezumar del cuerpo que cambia y se diluye, que tal vez posee una nota en especial atractiva, una vez cada año, en un ciclo por demás conjetural, insospechado. Acaso ellas beben de mí algo que yo no me sé.
Igual, no puedo evitar pensar en dos destinos: ese día posible donde me pierda definitivamente, y me abandone al lento gritar de quien ve hormigas salir de sus ojos, delirante de soledad y copas. O el de acabar llevada por las reales, marrones y chicas, como quien arrastra al último de una dinastía. Y cada año mi inquietud se acrecienta, ¿cuál será pues, el punto final de estas periódicas apariciones? ¿Cuál mi destino?
lunes, marzo 20, 2006
El perfume
El perfume es la primera medida de mi tiempo. Sobre los recodos de mi piel, como quien imita el silencio de mis células, el rumor de mis huesos al cambiarse a sí mismos por otros; lentamente: así los vapores con mi esencia envuelven y marcan mi paso por los días. Es en vano tratar de acelerar su uso, después de cierta cantidad, inevitable, el aroma me satura. Inútil agotar mi frasco en unos días, absurdo también
-aunque más común- guardarlo y reservarlo, como quien vive un día sí y el otro no. Quizás, cuando el momento llegue y el recipiente esté vacío, me atreva a cambiar de perfume.
No se extrañen. En mi esencia está el creer que la gente cambia, aunque el proceso sea tan lerdo y delicado como la lenta gestación de un frasco de fragancia. Algunas notas permanecerán –no deseo negar quien soy- otras se adecuarán a la madurez de mi propio cuerpo. Así, hasta que la vida decida dejarme seca, como la botella a la que no se le puede extraer ya nada, ni siquiera una parsimoniosa gota.
-aunque más común- guardarlo y reservarlo, como quien vive un día sí y el otro no. Quizás, cuando el momento llegue y el recipiente esté vacío, me atreva a cambiar de perfume.
No se extrañen. En mi esencia está el creer que la gente cambia, aunque el proceso sea tan lerdo y delicado como la lenta gestación de un frasco de fragancia. Algunas notas permanecerán –no deseo negar quien soy- otras se adecuarán a la madurez de mi propio cuerpo. Así, hasta que la vida decida dejarme seca, como la botella a la que no se le puede extraer ya nada, ni siquiera una parsimoniosa gota.
martes, marzo 14, 2006
También en Rapa Nui
Hotu Matua no se imaginó que iba a morir allí, cuando la tormenta lo depositó en sus arenas. Los doscientos polinesios en éxodo que conformaban su desesperado séquito, tampoco.
Nadie se imagina dónde exactamente va a morir, ni qué obsesiones heredarán sus hijos.
En Rano Raraku, decían que tan absurdo como saber el futuro, era pretender adivinar a dónde miraban los moais. De espaldas al mar, nueve cientos de éllos miraban al cielo, las orejas largas, escuchando el gemir de quienes los esculpían, en la absurda cantera de Rano Raraku.
Cuando el hambre pudo más que la costumbre, los Orejas Cortas mataron a los Orejas Largas, y tiraron a los moais de bruces al suelo, con los ojos arrancados. Ese fue su triunfo, después de haber hecho, hambrientos, un moais por año. Por casi mil años, Hotu Matua, tus hijos marcaron su encierro y tu obsesión.
Después, el mundo no se hizo esperar mucho. En botes llegaron para tomar a sus mujeres, para secuestrarlos, para llevárselos y devolverlos con lepra o sífilis. Casi al final, volvieron al curioso número de doscientos.
Así pasó en Rapa Nui, isla pequeña, en el abrir y cerrar de ojos de un milenio.
Nadie se imagina dónde exactamente va a morir, ni qué obsesiones heredarán sus hijos.
En Rano Raraku, decían que tan absurdo como saber el futuro, era pretender adivinar a dónde miraban los moais. De espaldas al mar, nueve cientos de éllos miraban al cielo, las orejas largas, escuchando el gemir de quienes los esculpían, en la absurda cantera de Rano Raraku.
Cuando el hambre pudo más que la costumbre, los Orejas Cortas mataron a los Orejas Largas, y tiraron a los moais de bruces al suelo, con los ojos arrancados. Ese fue su triunfo, después de haber hecho, hambrientos, un moais por año. Por casi mil años, Hotu Matua, tus hijos marcaron su encierro y tu obsesión.
Después, el mundo no se hizo esperar mucho. En botes llegaron para tomar a sus mujeres, para secuestrarlos, para llevárselos y devolverlos con lepra o sífilis. Casi al final, volvieron al curioso número de doscientos.
Así pasó en Rapa Nui, isla pequeña, en el abrir y cerrar de ojos de un milenio.
sábado, marzo 11, 2006
pequeño cuento de terror a las diez de la mañana
Toda la noche soñé contigo. Entero, hermoso, como siempre pude verte. Eras tan fuerte que no te permitían jugar con los otros porque podías hacerles daño, tan especial que podías volar, y cómo lo hacías. Comenzábamos el sueño conmigo dispuesta a saltar, a dejar la cama para salir aunque estuviese durmiendo, con ese nervioso corazón que te esperaba y tú también, con “eso” haciendo eco ligeramente en tu voz. Después, el clima alrededor se hizo frío, apenas luminoso. De la nada tus problemas empezaron a aparecer y en los sueños los líos se hacen tramas, armas, imágenes feroces: tú querías cortarte los brazos, las piernas, cortarte y abandonarlo todo, vender tu alma y recostarte a amar a otra, alguna que deseara estar contigo, nunca yo, yo condenada a mirarte porque era tu amiga, acompañando lo que fuese aquello que te hacía tanto daño, despertando para sentir que nunca te había mirado tanto, amado tanto. Y de pronto, tu suicidio. Yo llevaba trenzas y me había peleado con mi padre por ser desconsiderado al opinar sobre tu muerte, cuando en realidad y como siempre la equivocación era mía por malinterpretarlo. Serenas, fumando en un salón cerca de una piscina que antes no existía, mujeres me explicaban que primero te tiraste a la piscina sin avisar a nadie y que te sacaron, que ya hacía un par de días que estabas inestable, que te encerraron en un cuarto para serenarte y tú... aprovechaste algún descuido para acabar, ahogado y fuera de esta vida. Entre mis lágrimas, atiné a balbucear, con esa lógica del ensoñar, que alguien al menos te había sabido mirar con ojos llenos, alguien que te deseaba en las noches y quería entender todos tus tiempos. En mi arrebato no supe detenerme un segundo y observar, segundos antes de la opresión en el pecho, del agitado abrir los ojos, que en el fondo...ya había aceptado tu muerte. El despertar se me hizo paralizado, imposible por su inercia, desde ese entonces.
sábado, marzo 04, 2006
una pequeña historia
Aquí en Alasia, en la zona liberada, hubo una aldea y un castillo sobre el muro de roca. El nombre no es importante, pero, irónicamente, era de mujer. La aldea era grande y las mujeres se levantaban a la mañana cantando –siempre supimos cantar para ocultar nuestras desventuras- tempranito, antes que los hombres. Antes que el sol. Recolectaban leña, buscaban agua lejos, rezaban oraciones, cuidaban a los chicos, preparaban la comida, soportaban los golpes. Mucho caminaban. En el castillo había un solo hombre y varias esposas. Ellas debían pelear por los derechos de sus hijos, soportar las rencillas internas, compartir al dueño de la aldea. Todas ellas eran nuestras madres y nuestras abuelas. Hace 15 años, los hombres de la aldea partieron para una de las muchas guerras absurdas que ellos hacen. Quedaron sólo algunos soldados, salvajes, y el dueño del castillo. Estos soldados comenzaron a desarrollar un gusto por la violencia, por el abuso, que desgastó la mente sumisa de nuestras mujeres. Cuando ellas querían ir a por agua, un soldado las obligaba a desnudarse, cuando una se alejaba sola por leña, tardaba más de la cuenta en regresar, y volvía llorosa y dolida. Comían a los animales, dejándolas famélicas, hasta que aprendieron a comer solamente frutos de la tierra. Así fue, no ha sido ni será la primera vez que hombres vejaron a mujeres de este modo.
Las mujeres entonces se reunieron en asamblea y pidieron una plática con el dueño del castillo. Fue la comisión a hablar con él y le plantearon, humildes, que los soldados cesaran de abusarlas. El señor nunca entró en razones ni les hizo caso. Se burló de ellas, las maltrató, las amenazó y las corrió. Al otro día los soldados las abusaron con saña renovada. No hay otra palabra para esto que explotación.
Las mujeres se reunieron otra vez e hicieron cuentas. De un lado, estaban cientos de mujeres, con unas cuantas leguas de malas tierras, llenas de piedras, secas.
Del otro lado estaban un puñado de hombres armados, y un lugar con buena agua, con animales. Hicieron cuentas, nuestras madres, y supieron que en la guerra no podrían solicitar justicia que no viniera desde ellas mismas.
Llegó entonces, a esta aldea, una anciana. Pobre como ellas, desvalida como ellas, pero algo bruja. Brujas son apenas las que saben de yuyos que curan y de palabras que salvan. Habló en noches de luna sobre rebeldía y organización, mitigando los miedos. Las mujeres reconocieron que lo que ella decía era secreto y que había que cuidarlo. Ella caminaba de noche, hablaba de noche, se aparecía de noche. Algunas temerosas creían que era una djinn, una curiosa mezcla de Lilith y demonio. Pero sólo era una mujer como nosotras, acaso más sabia, más dura. Quienes la escucharon esa vez, antes de la hora donde los hombres se despiertan, dijeron que estaban de acuerdo. Supimos que había caminado otras noches, en otras aldeas, en otras madrugadas. Supimos que la rabia y la indignación eran de muchas. Muchas, pero por una vez, decididas en colectivo. Yo la conocí, y le conté la historia de Lilith, la mujer hecha a semejanza del hombre, que decidió salirse de los planes de su dios y su paraíso. Ella se rió cuando le dije que ella se fue porque quería hacer el amor arriba. Entre sus arrugas, sus ojos brillaron como dos perlas negras, sus mejillas siempre se arrebolaban como las de una niña. "Sabes, Vocera, ya va siendo hora de que las mujeres estén arriba."
Como ella hubo entonces decenas de compañeras, de líderes naturales en sus aldeas, abandonadas de todo hombre. Ellas también decían que era la hora de las mujeres arriba. Era el año 2005, hicimos entonces una consulta, y se votó la rebelión.
El año del 2006 se nos fue en preparativos. Llegó el mes de las tormentas. Nuestras mujeres se levantaron, cantando, pero no a seguir recibiendo golpes, sino a darlos. Emborracharon a los soldados y les robaron las armas, algunas murieron, pero lograron replegarse hasta una zona segura.
Todas se replegaron entonces. Sabemos de la capacidad de estos hombres para luchar y enfrentarse, pero también sabemos del miedo que una mujer fuerte inspira. Por eso nos temen. El 2007, tomamos esa primera aldea, junto con el castillo empotrado en la roca.
Las mujeres de ese jefe nos ayudaron, y decidieron quedarse con nosotras. Después pasó lo que pasó, y vosotros sabéis, habiendo sido parte de esta nuestra lucha.
Todas las fincas en esta zona fueron recuperadas y, después del 2007, sus tierras fueron repartidas. Entonces las mujeres se reunieron y volvieron a hacer cuentas, no de justicia esta vez, sino de muertas.
Nuestros nombres no serán aquellos de la muerte, sino los de la lucha.
Las mujeres entonces se reunieron en asamblea y pidieron una plática con el dueño del castillo. Fue la comisión a hablar con él y le plantearon, humildes, que los soldados cesaran de abusarlas. El señor nunca entró en razones ni les hizo caso. Se burló de ellas, las maltrató, las amenazó y las corrió. Al otro día los soldados las abusaron con saña renovada. No hay otra palabra para esto que explotación.
Las mujeres se reunieron otra vez e hicieron cuentas. De un lado, estaban cientos de mujeres, con unas cuantas leguas de malas tierras, llenas de piedras, secas.
Del otro lado estaban un puñado de hombres armados, y un lugar con buena agua, con animales. Hicieron cuentas, nuestras madres, y supieron que en la guerra no podrían solicitar justicia que no viniera desde ellas mismas.
Llegó entonces, a esta aldea, una anciana. Pobre como ellas, desvalida como ellas, pero algo bruja. Brujas son apenas las que saben de yuyos que curan y de palabras que salvan. Habló en noches de luna sobre rebeldía y organización, mitigando los miedos. Las mujeres reconocieron que lo que ella decía era secreto y que había que cuidarlo. Ella caminaba de noche, hablaba de noche, se aparecía de noche. Algunas temerosas creían que era una djinn, una curiosa mezcla de Lilith y demonio. Pero sólo era una mujer como nosotras, acaso más sabia, más dura. Quienes la escucharon esa vez, antes de la hora donde los hombres se despiertan, dijeron que estaban de acuerdo. Supimos que había caminado otras noches, en otras aldeas, en otras madrugadas. Supimos que la rabia y la indignación eran de muchas. Muchas, pero por una vez, decididas en colectivo. Yo la conocí, y le conté la historia de Lilith, la mujer hecha a semejanza del hombre, que decidió salirse de los planes de su dios y su paraíso. Ella se rió cuando le dije que ella se fue porque quería hacer el amor arriba. Entre sus arrugas, sus ojos brillaron como dos perlas negras, sus mejillas siempre se arrebolaban como las de una niña. "Sabes, Vocera, ya va siendo hora de que las mujeres estén arriba."
Como ella hubo entonces decenas de compañeras, de líderes naturales en sus aldeas, abandonadas de todo hombre. Ellas también decían que era la hora de las mujeres arriba. Era el año 2005, hicimos entonces una consulta, y se votó la rebelión.
El año del 2006 se nos fue en preparativos. Llegó el mes de las tormentas. Nuestras mujeres se levantaron, cantando, pero no a seguir recibiendo golpes, sino a darlos. Emborracharon a los soldados y les robaron las armas, algunas murieron, pero lograron replegarse hasta una zona segura.
Todas se replegaron entonces. Sabemos de la capacidad de estos hombres para luchar y enfrentarse, pero también sabemos del miedo que una mujer fuerte inspira. Por eso nos temen. El 2007, tomamos esa primera aldea, junto con el castillo empotrado en la roca.
Las mujeres de ese jefe nos ayudaron, y decidieron quedarse con nosotras. Después pasó lo que pasó, y vosotros sabéis, habiendo sido parte de esta nuestra lucha.
Todas las fincas en esta zona fueron recuperadas y, después del 2007, sus tierras fueron repartidas. Entonces las mujeres se reunieron y volvieron a hacer cuentas, no de justicia esta vez, sino de muertas.
Nuestros nombres no serán aquellos de la muerte, sino los de la lucha.
lunes, febrero 27, 2006
otra vez el príncipe y la princesa
...una historia que me ronda la cabeza desde ayer, un par de imágenes, antes que nada: Se trata de un príncipe, que por milagros de la vida tiene la piel de un erizo o puerco espín y anda montado en un gallo enorme, es poderoso, pero nadie quiere casarse con él por su apariencia. Le salva la vida a un rey, y éste le da a su hija. Él la toma, pidiendole que por tres días no le pregunte de dónde viene ni toque la piel espinosa que se quita cada noche de nupcias, al dormir con ella. Pero esa tonta, arrobada porque sin piel el príncipe es hermoso, la lanza a la chimenea. El príncipe-puercoespín la abandona, adolorido y furioso. Ella se arrepiente, cómo no hacerlo, decide lanzarse en su búsqueda. Agotará caminando tres sayos de tela dura y tres pares de zapatos, unos de bronce, otros de hierro, otros de acero... su cabeza se tornará blanca, y verá muchas cosas, hasta cambiar internamente y merecer hallarlo. El resto, como los cuentos no son las historias, no te dice cómo viven las personas felices, quizás porque ellas mismas no se dan cuenta en qué consiste su felicidad. Quizás, lo que me pasa es que yo sé que necesito cierto orden de procesos,ciertos desafíos a lo largo del tiempo, antes de saberme merecedora de algo, de alguien
lunes, febrero 20, 2006
Irlanda
Mataron a todos, los mabinogios: guerreros, pastores, marineros, mujeres. Hubo sangre, huesos rotos, y desolación. Cinco de ellas, encintas, quedaron. En una cueva, en un desierto, lejos de todos aquellos que ebrios buscaban la muerte. Cinco hijos tuvieron, salvajes, que se hicieron como si el mundo entero fuese suyo. “Al ser hombres, al interesarse por las mujeres” dice el Mabinogi, como si una cosa implicara la otra, “cada uno desposó a la madre del otro”. Y poblaron, así, cinco reinados.
Meath y Ulster aún conservan su nombre. Conacht, Leinsten y Murster deben estar escondidos tras las denominaciones geográficas del siglo… Ni la loba que alimentó a Rómulo y Remo, ni la pareja que fundo el Tahuantinsuyo, al bajar del cielo, me llegaron tanto como la imagen de éstas abandonadas, valientes, capaces de sobrevivir para parir un reino. Dios salva a las reinas…sin duda
Meath y Ulster aún conservan su nombre. Conacht, Leinsten y Murster deben estar escondidos tras las denominaciones geográficas del siglo… Ni la loba que alimentó a Rómulo y Remo, ni la pareja que fundo el Tahuantinsuyo, al bajar del cielo, me llegaron tanto como la imagen de éstas abandonadas, valientes, capaces de sobrevivir para parir un reino. Dios salva a las reinas…sin duda
viernes, febrero 17, 2006
bestiario
lunes, febrero 13, 2006
cuando me hablan del mundo
Tengo una idea del mar que se reduce a los diversos azules y relieves dentro del celuloide, armado en mi memoria a base de comparaciones y recuerdos de horizontes blanqui-azules, salados, fríos y tibios, de un par de orillas donde me he zambullido y zarandeado en los dos costados del continente.
Tengo una idea más difusa aún de los territorios que bordean el Pacífico y el Atlántico, reducidos a una serie de clichés televisivos y a una impresión brumosa, producto de las horas de andar revisando mapas y nomenclaturas en mi, atribulada, cabeza.
Cuando me hablan del mundo, mi mente escucha la lluvia incesante de datos que conforman mi experiencia.
En cuanto a las relaciones intra humanas, mi comprensión va amoldándose: dentro y fuera de mi cuerpo laten todos al unísono, debajo de los 37º C que definen la cálida masa amorfa que constituimos.
Y aún así, con toda esta confusa serie de imaginarios en mi cuerpo y mi cerebro, dicen que soy una persona seria y coherente, de la que se pueden esperar sensibles opiniones sobre lo que nos rodea y acontece.
Tengo una idea más difusa aún de los territorios que bordean el Pacífico y el Atlántico, reducidos a una serie de clichés televisivos y a una impresión brumosa, producto de las horas de andar revisando mapas y nomenclaturas en mi, atribulada, cabeza.
Cuando me hablan del mundo, mi mente escucha la lluvia incesante de datos que conforman mi experiencia.
En cuanto a las relaciones intra humanas, mi comprensión va amoldándose: dentro y fuera de mi cuerpo laten todos al unísono, debajo de los 37º C que definen la cálida masa amorfa que constituimos.
Y aún así, con toda esta confusa serie de imaginarios en mi cuerpo y mi cerebro, dicen que soy una persona seria y coherente, de la que se pueden esperar sensibles opiniones sobre lo que nos rodea y acontece.
lunes, febrero 06, 2006
formas de llegar
Abres la puerta, hay cucarachas por todo el piso, muertas, y huele a encierro. “He estado afuera demasiado tiempo”, murmuras, mientras te pones a barrer.
Llegas y lo primero con lo que te topas son las cuentas sin pagar, lo segundo: con que te han cortado la luz. Hay tantas cosas rotas y tú vienes tan cansada que sabes que hasta no ver otro día no tendrás ánimo para enfrentarte a ellas. Así que no te queda otra que arreglar el primer colchón que encuentras hasta que te da hambre y decides salir, tras una ducha.
No quieres que nadie sepa donde estás o que llegaste, así que evitas el teléfono por un rato. Es un lunes –esa tu manía de llegar los lunes- y tu hambre combinada con la noche borrascosa te empujan a un café chico, de moda pero en estas circunstancias vacío, y tus ganas de gastar un poco de dinero y saciar tu apetito te empujan a pedir spaghetti a la gorgonzola. Afuera, llueve.
Sales corriendo a hacer cola para pagar todas las cuentas atrasadas, porque quieres luz y gas y una ducha tibia mientras escuchas a Drexler. Hasta más allá de las doce no te haces un espacio para comer un sándwich francés, antes de hacer otra cola y conseguir dos entradas para Sabina. Menos mal que llegaste a tiempo, son casi las últimas medianamente vivibles. Luego, sin querer llamar a nadie –pocos son los que te llamarían, en realidad- te metes a ver Old Boy (la escena del calamar vivo es impresionante como decían, el resto no) y luego tratas de comprar un poco para paliar tus ganas mal atendidas de comer.
Con el spaghetti y una vela como compañía, escuchas llover. En tu abstracción (eso que haces siempre, cuando tienes dos segundos de sosiego) no te das cuenta de que la calle se está inundando. Al salir, no podrás hallar taxi por un buen par de cuadras, y estás mojada, con las sandalias beige plataforma en una mano y el cabello corto humedecido, mientras sonríes feliz pateando el agua sucia. No está mal llegar así, después de todo.
Hay mucho en oferta, pero aquí no te dan ganas locas de flan como cuando estas en tu país, ni los yogures te parecen tan apetecibles. Además, cada trozo de queso vale lo que dos entradas al cine y si te preguntan, “cine o sardina” tú deberías responder, como el Gran Caín Cabrera Infante, que o cine o cine. Debe de tener algo que ver con eso de que la comida embrutece y el alcohol ilumina, debe ser algo como el alcohol, el cine. Antes de dormir con el estómago más vacío que lleno, seguro agradecerás al cielo y a la vida. Oportunidades de llegar así de satisfactoriamente a un lugar ajeno son difíciles, en verdad.
“Quizá” te dices, mientras te metes a la cama solitaria, “la cuestión está en saber llegar, como dice la ranchera”. Otra manía tuya, aparte de la abstracción, es pensar boludeces como ésa.
Llegas y lo primero con lo que te topas son las cuentas sin pagar, lo segundo: con que te han cortado la luz. Hay tantas cosas rotas y tú vienes tan cansada que sabes que hasta no ver otro día no tendrás ánimo para enfrentarte a ellas. Así que no te queda otra que arreglar el primer colchón que encuentras hasta que te da hambre y decides salir, tras una ducha.
No quieres que nadie sepa donde estás o que llegaste, así que evitas el teléfono por un rato. Es un lunes –esa tu manía de llegar los lunes- y tu hambre combinada con la noche borrascosa te empujan a un café chico, de moda pero en estas circunstancias vacío, y tus ganas de gastar un poco de dinero y saciar tu apetito te empujan a pedir spaghetti a la gorgonzola. Afuera, llueve.
Sales corriendo a hacer cola para pagar todas las cuentas atrasadas, porque quieres luz y gas y una ducha tibia mientras escuchas a Drexler. Hasta más allá de las doce no te haces un espacio para comer un sándwich francés, antes de hacer otra cola y conseguir dos entradas para Sabina. Menos mal que llegaste a tiempo, son casi las últimas medianamente vivibles. Luego, sin querer llamar a nadie –pocos son los que te llamarían, en realidad- te metes a ver Old Boy (la escena del calamar vivo es impresionante como decían, el resto no) y luego tratas de comprar un poco para paliar tus ganas mal atendidas de comer.
Con el spaghetti y una vela como compañía, escuchas llover. En tu abstracción (eso que haces siempre, cuando tienes dos segundos de sosiego) no te das cuenta de que la calle se está inundando. Al salir, no podrás hallar taxi por un buen par de cuadras, y estás mojada, con las sandalias beige plataforma en una mano y el cabello corto humedecido, mientras sonríes feliz pateando el agua sucia. No está mal llegar así, después de todo.
Hay mucho en oferta, pero aquí no te dan ganas locas de flan como cuando estas en tu país, ni los yogures te parecen tan apetecibles. Además, cada trozo de queso vale lo que dos entradas al cine y si te preguntan, “cine o sardina” tú deberías responder, como el Gran Caín Cabrera Infante, que o cine o cine. Debe de tener algo que ver con eso de que la comida embrutece y el alcohol ilumina, debe ser algo como el alcohol, el cine. Antes de dormir con el estómago más vacío que lleno, seguro agradecerás al cielo y a la vida. Oportunidades de llegar así de satisfactoriamente a un lugar ajeno son difíciles, en verdad.
“Quizá” te dices, mientras te metes a la cama solitaria, “la cuestión está en saber llegar, como dice la ranchera”. Otra manía tuya, aparte de la abstracción, es pensar boludeces como ésa.
jueves, febrero 02, 2006
A mi costado
“No tengo alas para llevarte, pero si faltas, cómo salvarme” (Ismael Serrano)
Todavía no le pregunté si se quedará, temo mucho la respuesta de un jamás, de un imposible. Temo, por sobre todas las cosas, que ella reflexione y considere su actuación, su comportamiento, como algo descabellado e irracional. Aún, por suerte, me mira como la primera vez, con esa mezcla de voluptuosidad y amansamiento que la caracteriza. No olvidaré yo, nunca, la manera en que una noche apareció en mi cama y decidió quedarse. Desde ese primer desayuno mi escrutinio no cesó en la búsqueda de una razón para su estadía, sin hallar nada que me distinga del resto, de los otros. Con el tiempo y la calidez de sus manos, con la rutina y el amor de sus comidas, me fui calmando. Aún, a veces, la miro con aprensión: temiendo el día en el que vuelva a “nuestro” lugar y no la encuentre, temiendo esos días frenéticos de ir buscándola, sufriendo como si ninguna otra mujer pudiese reemplazarla. Acaso ninguna puede. Mientras tanto, consciente del milagro de su permanencia, no ceso de llevarle flores, regalos y comida, para que se acostumbre y sienta -¿es que pido demasiado?- que éste es su lugar en el mundo. No quiero imaginarme mis noches con su ausencia, el día en que ella despierte y decida, a la fría luz de los hechos y los días, que no soy quién para hacer, (de mi persona, de mi compañía), la razón de su demorarse aquí, a mi lado.
Todavía no le pregunté si se quedará, temo mucho la respuesta de un jamás, de un imposible. Temo, por sobre todas las cosas, que ella reflexione y considere su actuación, su comportamiento, como algo descabellado e irracional. Aún, por suerte, me mira como la primera vez, con esa mezcla de voluptuosidad y amansamiento que la caracteriza. No olvidaré yo, nunca, la manera en que una noche apareció en mi cama y decidió quedarse. Desde ese primer desayuno mi escrutinio no cesó en la búsqueda de una razón para su estadía, sin hallar nada que me distinga del resto, de los otros. Con el tiempo y la calidez de sus manos, con la rutina y el amor de sus comidas, me fui calmando. Aún, a veces, la miro con aprensión: temiendo el día en el que vuelva a “nuestro” lugar y no la encuentre, temiendo esos días frenéticos de ir buscándola, sufriendo como si ninguna otra mujer pudiese reemplazarla. Acaso ninguna puede. Mientras tanto, consciente del milagro de su permanencia, no ceso de llevarle flores, regalos y comida, para que se acostumbre y sienta -¿es que pido demasiado?- que éste es su lugar en el mundo. No quiero imaginarme mis noches con su ausencia, el día en que ella despierte y decida, a la fría luz de los hechos y los días, que no soy quién para hacer, (de mi persona, de mi compañía), la razón de su demorarse aquí, a mi lado.
viernes, enero 27, 2006
eso que no puedo dilucidar
Estoy en el boliche, rodeada, atravesada por ojos y miradas, por roces y espaldas, telas y músicas. De un humor tan peligroso que al día siguiente sé que voy a tener que pesar mis palabras, calibrarlas, con la vana esperanza de que me crean borracha, incapaz de herir sobriamente a nadie. Estoy con varios vasos, aunque pronto serán sólo vasos llenos de agua, (pretendo convencer, ¿a quién? en vano, que se trata de vodka aguado o algo similar), estoy conversando con varias personas, estoy bromeando y mirando a los ojos a un escritor muy conocido. No puedo evitar pretender, desear, conocer cómo piensa éste del que se habla tanto. Le conozco a través de tantas amigas y amigos en común, de tantas situaciones próximas, que no distingo bien a la persona de los recuerdos compartidos que conforman la información, las imágenes y sonidos que poseo de él. Mi humor, ácido como el limón que acompaña los tequilas, no alcanza para cuestionarlo como verdaderamente quiero. Una sensación extraña me embarga, a ratos, sin que yo sepa porqué, mientras ella pasea y saluda en un proceso similar al nuestro, bromea en un proceso similar al nuestro, divinamente hermosa y segura de sí misma. Cuando desaparecen juntos, en primer lugar, no pareció que desaparecieron juntos y de común acuerdo. Cuando nos llamaron desde otro boliche para acompañarlos, en segundo lugar, no pareció que lo hicieron porque sabían lo que estaban haciendo. Cuando llegué yo y la vi, besándolo, (olvidada de los ojos, las miradas, los roces, las espaldas, las telas y las músicas), me pareció que no me correspondía el tercer lugar. Así que mi humor y yo partimos, junto a románticos y apasionados amigos, a mirar los puentes y la noche, a dilucidar los misterios de los recuerdos, mientras arrojábamos botellas a los ríos. Por suerte, logré que el sentimiento que me embargó al momento de verlo se diluyera, junto a mi humor, antes de que el cielo se llenara del azul de este amanecer. Y a pesar de todo lo descrito, no alcanzo a explicarme, a entender, porqué la sensación que me ronda y cuida a ésta, nuestra amiga en común, es una sensación de derrota, como si su error –besarlo, tener una relación, siendo él famoso, casado, inalcanzable- fuese mío en parte, como si mi circunstancial entrada a ese boliche tuviese algo que ver, en parte, cuando las vidas y recuerdos de los que me rodean apenas alcanzan a definirme como la que soy, con copas o sin ellas, y no permite, de ninguna manera, apresar lo que exactamente siente, desea o percibe el otro. (Apenas un temblor, unas posibilidades, me circundan).
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