Tú no puedes mirarme de lejos
Yo no puedo mirarte de cerca
A cierta distancia, nos imaginamos
Una luz
Muta
Envolvente
Nos embellece
Presentación del libro Los secretos de Rosalba (Editorial Nuevo Milenio, 2007)
El miércoles 7 de febrero del 2007, Nuevo Milenio presenta el libro Los secretos de Rosalba de Mariana Ruiz Romero (Tarija, 1982), en el auditorio de Los Tiempos, Plaza Quintanilla, a las 7:30. Los secretos de Rosalba plantea al lector una novedosa combinación de literatura y culinaria, campos que, en apariencia, no llegan a ser complementarios. Se trata de una colección de cuentos y recetas que funcionan a guisa de “recetario poético”. En palabras de la autora, tal recetario implicaría “un deleite y una elección, un bocado literario y una receta a preparar, algo a ser anticipado, leído y degustado”.
Ramón Rocha Monroy, premio Alfaguara, destaca a propósito de Los secretos de Rosalba: “Las frases de Rosalba y la actitud de la narradora que escucha son lánguidas y desmayadas, como los sueños eróticos de las mujeres bellas suelen contarse mientras se acarician como gatas en celo…“Cucina amore”, la cocina es amor, parece decir cada una de las páginas de este libro que construye su poética desde una sensibilidad maravillosamente femenina”.


Tablas de salvación.
Manotazos cuando el aire se torna irrespirable.
(la honda inhalación de los otros mundos)
Letras en horizontal
¿Quién no tiene una manera secreta de salvarse del abismo?
Cuidadosamente, al azar
Pequeños parapetos
Objetos de cábala
En contra del destino
De días y noches sucesorias
Nuestras armas
Nuestro oficio
(resignados a nuestras propias invenciones, vivimos)
Tras los objetos, a la espera de la muerte
En los objetos, escondidos de la vida.
¿Dónde, exactamente, se sitúa en nosotros la emoción? ¿En qué parte de mis talones, la avaricia? ¿Dónde en el estómago, la tristeza? Mis costillas podrían ser el espacio que escoge la alegría, para presentarse. Mis orejas, quizá, dibujan en sus arcos los recovecos de mi fidelidad. ¿Dónde, amor, sientes que me extrañas? ¿En tus riñones, en tu entrepierna, entre tus dos brazos, ahí, donde reposaba mi cabeza? ¿Dónde, madre, me recuerdas? El cuerpo, manifiesta y escoge, epitomiza y susurra, adentro suyo, todo lo que es, percibe, opina. En mi piel están mis temblores, en mis costados, mis afectos, en mis piernas, el apego voluble que siento por la realidad. Pero no toda manifestación es evidente. Aún desconozco qué hace mi estómago para licuar mi rabia, porqué mi espalda gime a veces, qué quieren decir los lunares de mis brazos. Aún no sé leerme toda. ¿Quién puede sentirse sabio, si no sabe, todavía, leerse? ¿Quién, verdaderamente, enterado?
Se da la vuelta, y es como si acabara de aterrizar, los brazos húmedos de aire, descendiendo hacia sus costados, los pies recién posados en el suelo, la mirada ausente, de quien aún no se sabe en tierra. Me mira, y en su mirar comprendo está todo el paisaje, yo un elemento más, me mira y siento diluirme entre las paredes de la casa, la verja de hierro, los perros durmiendo. “Es tarde” le digo, tratando de sonar normal desde mi pegajoso entorno, ya no única sino mezclada a todo, como su mirada me ve. “Deberíamos tomar algo” le digo, “una taza de té, comer alguna cosa”.Ella me escucha silenciosa, la cabeza quieta en mi dirección, como olfateando cuidadosamente mi registro de voz. (Que no huela preocupación, ruego, que no vea más que mis ojos fijos en ella, lejos del acantilado donde parece acabar de posarse, que no se voltee) “Hay tarta de limón, la que te gusta. Y estamos todos esperándote”. Odio su silencio, siento que me escrutina, que desea sacarme toda la intención detrás de mis palabras. Quieta, una ella también con el paisaje, el mensaje al fin golpea su parte consciente, una fracción de segundo más tarde que lo habitual. “Bueno” dice, con la naturalidad más rara. “Vamos”. Cojo su brazo y la siento a mi lado, caminando insegura, su pelo corto dándole un aspecto de muchacho, sus ojos fijos. “Vamos” repito, y soy yo la que se quiere apoyar en ella, seguirla en su silencio, perderme allá donde ella está, viendo lo que ve. Sin llorar, entramos a la casa.