Una escribe un cuento y el momento de su compleción es similar al de la presentación de un plato culinario. El plato tibio, la salsa cuidadosamente dispuesta, la pieza principal al centro, el remate de hierbas airosamente sobre la guarnición de turno. Una escribe un cuento, e inmediatamente quiere convidárselo a todo el mundo: presentarlo y servirlo, todavía tibio, todavía emitiendo su fragancia. Al par de días, sin embargo, el recuerdo de su prosa se hace borroso. Una se llena de dudas, como cuando nos asalta la pregunta de si la salsa de ese plato pasado ligó como debía. Si se abre el refrigerador del recuerdo, el resultado es nefasto. Ninguna confección aguanta, por principio, más de cuatro días. La salsa pierde su color original, la pieza apesta. En el caso del relato, el proceso es idéntico. Los detalles son superfluos, la ilación resulta pobre. Asqueada, dan ganas de tirarlo todo, soporte incluido. Es en ese momento cuando irrumpen los amigos, a detenerte. Que el plato estuvo bien, que en su momento la salsa cuajó con el acompañamiento, que la sensación despertada fue gratificante. Y una no les cree, no puede creerles. Pero, y en esto radica la salvación, para no decepcionarles, no se arrojan los restos visibles de la obra. Una los congela, los entierra en un lugar alejado de la vista y el olfato. Guarda, por así decir, la receta (Aunque esto no es correcto, un cuento nunca, nunca, se hace siguiendo con receta, más bien es el fósil del cuento lo que se preserva).
A veces, una los des-destierra, los atrae hacia sí de nuevo, probando otra vez –jugando a ser ajena al preparado- los sabores y tonos del constructo. Si pasa, si una puede tragar, sin soltar una lágrima, si se digiere, una se reconcilia. No siempre es el caso. A veces la degustación es insalubre, deja un regusto terrible a innecesario. A ésos, como al plato rancio que supo permanecer mejor en el recuerdo, lo mejor es tirarlos. Por el bien de todos, vale arrojar ciertas creaciones a la basura.
Sólo así, el alma ligeramente aliviada, puede una ensayar de nuevo, apilando en alacenas oscuras lo que el tiempo dirá si supieron ser preparaciones, acaso felices, o testimonios semi-amargos del acierto o el fracaso.
jueves, noviembre 30, 2006
viernes, noviembre 24, 2006
vacíos que se resisten a ser llenados
Una mujer desnuda se trepa a un vaso de licor, su sexo diminuto se ve agigantado a través del vidrio. Morena, la cabellera al viento, sus piernas extendidas rodean el vaso, sus brazos presionándolo, lentamente asciende hasta el borde. El vaso es pequeño, ancho de base y amplio de copa, no es sencilla su tarea pero ella persiste, asciende. Misteriosa ¿Porqué asciende por el vaso de licor? ¿Qué busca? Acaso desea ahogarse. Saltar como en una piscina, hundirse, dejarse llevar y ser bebida. Acaso busca diluirse. Como una gota que es llorada por el cielo y va hasta el mar. La mujer ignora mis preguntas y continúa, ya está por llegar, se impulsa y salta, como una rana de piel clara a un pozo oscuro. Es efervescente, y produce espuma en su caída. Se hunde, vuelve a salir, sobrenada, juega con el líquido. No sé si bebérmela ¿Quién soy yo para consumir mujeres de botella? Exacto, no soy nadie. Aún así lo hago, y sus pies son lo último que paladea mi garganta, sobre mi lengua siento sus dedos diminutos, su cabellera, la trago entera, y extiendo el brazo para que otros escancien lo que sea. Otra mujer se materializa por el vaso -a estas alturas ya son líneas sucesivas de mujeres- y al devorarlas apenas siento el leve crujir de sus rodillas. Ay, suicidas, ¿Quién soy yo para negarme a consumirlas? Exacto, no soy nadie, y por eso brindo con vosotras.
lunes, noviembre 20, 2006
Murakami me saluda
Murakami me saluda, deferente, estoy paseando cerca de un lago y él anda en bicicleta. Acabo de dejar a Rosalba sonriendo, chispeante como su inteligencia, la boca roja, los aretes largos, la pose atenta, sé que estará bien y cómoda centre los otros escritores, Rosalba es así. Yo no estoy cómoda, y por eso he decidido salir a tomar el fresco. Murakami está de acuerdo conmigo. Puesto que no se decide aún a entrar, desciende de la bicicleta y se dispone a acompañarme. Así, agarrados ambos del manubrio, conversamos. Nada en especial cruza nuestras bocas: el clima, los otros escritores, la anfitriona. Siento que le agrado, y eso me llena de orgullo, como si la química entre dos personas fuera indicador de la calidad de sus escritos. Al despertar, busco a Kafka on The Shore y empiezo a leerlo. No me equivoco, los sueños como el que tuve sobre él, son para Murakami de una importancia enorme. Alejados de la casualidad, no nos separan los unos de los otros. Me abandono a su manera de observar el universo, y siento que es correcta, adentro.
Camino detrás de mi madre por el mercado, las bolsas con distintos productos se apilan a mi alrededor. Primero están los pollitos, apiñados y piando en una cerca pequeña al lado de la entrada. Luego están los camiones de papa, después los cereales y ajíes, el queso está antes de lo de las verduleras. Tomate, berenjena, cebolla, lechuga, todos compiten por atraer el color hacia sí. Antes de entrar al galpón de la carne –donde los huevos se encumbran en cartones detrás de las gallinas desplumadas y los corderos colgando de los ganchos- están los curanderos. Hierbas, canelas de 12 vueltas, conchas de algún mar, imanes con sexos diferenciados. Después, por fin, en la otra entrada, las flores. Lilas, amarillas, blancas, rosas, y moteadas. Rojas y liláceas. Dejo que mis sentidos se ahoguen en la luz de las telas y los pétalos. Invariablemente detrás de las faldas de mi madre, cargo ramos y me detengo cerca de los panes. Si mi abuela se cruza con alguna anciana conocida, le regalo una sonrisa y me alejo, antes de que se sorprenda por cuánto he crecido. Amo este lugar, y me figuro que marca mi relación con lo que me alimenta, “la vida es este mercado” le explico, “transformada, dentro mío, soy la que consume las miradas y los objetos aquí presentes, para ser”.
Murakami parece no estar de acuerdo. Vivamente le explico las delicias de este espejismo, pero él se limita a observarme. Es mi sueño, después de todo, y él no puede penetrarlo sin hacerme daño. Me esfuerzo en vano, quizás. De todos modos, japonés hasta el fin, agradece nuestra conversación y estas imágenes.
Se retira luego, y va hacia la casa donde está Rosalba. “Lo encontraré de nuevo”, me consuelo, y agito mi mano en señal de despedida.
Camino detrás de mi madre por el mercado, las bolsas con distintos productos se apilan a mi alrededor. Primero están los pollitos, apiñados y piando en una cerca pequeña al lado de la entrada. Luego están los camiones de papa, después los cereales y ajíes, el queso está antes de lo de las verduleras. Tomate, berenjena, cebolla, lechuga, todos compiten por atraer el color hacia sí. Antes de entrar al galpón de la carne –donde los huevos se encumbran en cartones detrás de las gallinas desplumadas y los corderos colgando de los ganchos- están los curanderos. Hierbas, canelas de 12 vueltas, conchas de algún mar, imanes con sexos diferenciados. Después, por fin, en la otra entrada, las flores. Lilas, amarillas, blancas, rosas, y moteadas. Rojas y liláceas. Dejo que mis sentidos se ahoguen en la luz de las telas y los pétalos. Invariablemente detrás de las faldas de mi madre, cargo ramos y me detengo cerca de los panes. Si mi abuela se cruza con alguna anciana conocida, le regalo una sonrisa y me alejo, antes de que se sorprenda por cuánto he crecido. Amo este lugar, y me figuro que marca mi relación con lo que me alimenta, “la vida es este mercado” le explico, “transformada, dentro mío, soy la que consume las miradas y los objetos aquí presentes, para ser”.
Murakami parece no estar de acuerdo. Vivamente le explico las delicias de este espejismo, pero él se limita a observarme. Es mi sueño, después de todo, y él no puede penetrarlo sin hacerme daño. Me esfuerzo en vano, quizás. De todos modos, japonés hasta el fin, agradece nuestra conversación y estas imágenes.
Se retira luego, y va hacia la casa donde está Rosalba. “Lo encontraré de nuevo”, me consuelo, y agito mi mano en señal de despedida.
martes, noviembre 07, 2006
tiempo de mudar
Un ratón duerme abrigado entre mi ropa. Cuando abro el cajón, salta desesperado y se escurre hacia la cocina. Todos sabemos lo que eso significa: es tiempo de mudanza. Pronto las macetas de mi madre se apiñaran junto a mis cajas de libros, y partiremos sin mirar atrás. Tenemos miedo, pero, como el ratón, más tememos esperar a que los eventos nos alcancen.
Miro mi rostro en el espejo, y sé que no es el mismo. Aún, sin embargo, no lo reconozco como el que será (así pasa siempre, cuando todo alrededor cambia).
No soy la única en partir. Hace días que pergeño y borroneo cartas de despedida para aquél que se me va. Como mi rostro, las líneas son indecisas, y tú no recibes nada.
Acepta esta disculpa. Cuando vuelva de la bruma sabré decir y desdecir aquello que deba ser pronunciado, si retorno
Miro mi rostro en el espejo, y sé que no es el mismo. Aún, sin embargo, no lo reconozco como el que será (así pasa siempre, cuando todo alrededor cambia).
No soy la única en partir. Hace días que pergeño y borroneo cartas de despedida para aquél que se me va. Como mi rostro, las líneas son indecisas, y tú no recibes nada.
Acepta esta disculpa. Cuando vuelva de la bruma sabré decir y desdecir aquello que deba ser pronunciado, si retorno
martes, octubre 31, 2006
a dream
Un hombre me busca sin saber porqué me busca.
Una mujer me abraza intentando no soñar por mí.
Otros rostros, múltiples, borrosos, casi sin prestar atención, me miran o sonríen.
Lenta, no puedo saber exactamente qué es el tiempo. Agua de minutos, dejo pasar las horas y los libros.
A ratos estoy viva.
Gracias por haberme permitido soñar contigo. Un sueño de ti, de nos, de mañana.
Eso me ha traído hasta hoy, dispuesta, abierta, flotante.
El resto tampoco es real...
Una mujer me abraza intentando no soñar por mí.
Otros rostros, múltiples, borrosos, casi sin prestar atención, me miran o sonríen.
Lenta, no puedo saber exactamente qué es el tiempo. Agua de minutos, dejo pasar las horas y los libros.
A ratos estoy viva.
Gracias por haberme permitido soñar contigo. Un sueño de ti, de nos, de mañana.
Eso me ha traído hasta hoy, dispuesta, abierta, flotante.
El resto tampoco es real...
jueves, octubre 19, 2006
ella se ha ido
Desespero, en su hogar, acecha. Busca encontrarnos, a veces para siempre. Su casa está compuesta de espejos, niebla y ratas. Allí Ella, pesada, desnuda, con grandes mamas flojas, camina, observándonos, acompañándonos. Mirarle la cara a Desespero es siempre como mirar al propio rostro, pero con la sorpresa de encontrarnos extraños a nosotros mismos. Febril o vacua, nuestra mirada, cuando Desespero está cerca, no parece nuestra.
Ayer, esto quiere decir, antes, hace mucho, aunque recién me doy cuenta, Desespero me abandonó. Una ligereza inusitada, un sentir huecos mis huesos, gallardos mis pasos, me lo vino anunciando. Pero no fue hasta que encontré mi propio rostro en el espejo, que lo supe. Desespero se ha ido. Y una enorme necesidad de llorar abrazada a las mantas mientras llueve afuera se me vino encima. Un sueño enorme, relajadísimo, me invadió los ojos. Puedo volver a pretender estar triste, mientras las mantas tibias me rodean, mientras la lluvia tibia me protege. Como antes.
Igual, abandonar a Desespero es extraño. Tu rostro, luego de haber permanecido tan ajeno, es similar al rostro de alguien amado, perdido y vuelto a encontrar. Su hallazgo está presente en cada mueca, en cada línea. Ni a él, ni a mi piel, que sola ruega a por sol y brisa y helados, como un cachorrito humano, he sabido mirar con la debida atención, con el debido cuidado.
Hoy, la necesidad de descansar no contempla en ningún resquicio dormir. (Desespero, sentada sobre mi pecho, se encargaba de hacerme padecer el sueño). Hoy, la necesidad de vida me tiene caminando, temerosa, buscando el afuera. Sigo preguntándome si mis pasos son firmes. Y esa sola pregunta ocupa mi cabeza, sin necesidad de futuro ni pasado, esa sola inquietud avanza con mi día, ansiando tan sólo este presente. Hoy, Desespero se ha ido, y yo puedo avanzar conmigo misma.
Ayer, esto quiere decir, antes, hace mucho, aunque recién me doy cuenta, Desespero me abandonó. Una ligereza inusitada, un sentir huecos mis huesos, gallardos mis pasos, me lo vino anunciando. Pero no fue hasta que encontré mi propio rostro en el espejo, que lo supe. Desespero se ha ido. Y una enorme necesidad de llorar abrazada a las mantas mientras llueve afuera se me vino encima. Un sueño enorme, relajadísimo, me invadió los ojos. Puedo volver a pretender estar triste, mientras las mantas tibias me rodean, mientras la lluvia tibia me protege. Como antes.
Igual, abandonar a Desespero es extraño. Tu rostro, luego de haber permanecido tan ajeno, es similar al rostro de alguien amado, perdido y vuelto a encontrar. Su hallazgo está presente en cada mueca, en cada línea. Ni a él, ni a mi piel, que sola ruega a por sol y brisa y helados, como un cachorrito humano, he sabido mirar con la debida atención, con el debido cuidado.
Hoy, la necesidad de descansar no contempla en ningún resquicio dormir. (Desespero, sentada sobre mi pecho, se encargaba de hacerme padecer el sueño). Hoy, la necesidad de vida me tiene caminando, temerosa, buscando el afuera. Sigo preguntándome si mis pasos son firmes. Y esa sola pregunta ocupa mi cabeza, sin necesidad de futuro ni pasado, esa sola inquietud avanza con mi día, ansiando tan sólo este presente. Hoy, Desespero se ha ido, y yo puedo avanzar conmigo misma.
viernes, octubre 13, 2006
pretendidamente ajena
Una miríada de pequeños corpúsculos en tregua con mi cuerpo, eso soy yo. No puedo pretender ser otra cosa: sola de piel, humores y vacíos.
No tengo, en ningún recodo, vacíos.
En mi vientre pululan legiones, en mi sexo brigadas, en mis conductos trillones. Números-infinitos-de-vida-ínfima/ Sagaces-crustáceos-de-mis-retinas/
Valientes-protectores-de-mi-gobierno. ¿Qué soy yo sin los etéreos que detentan mi equilibrio?
¿Quién, sino la informe amalgama de éstos, miles de seres?
Una y trina, si tres es símbolo para lo incontable. Una y muchas, si he de creer a mi otra-yo, la que aparece con las fiebres. Una y todas, completa en mí, con los que hay adentro mío, todo apenas cierto, todo apenas sujeto a creer que en algún lugar los límites se corresponden a aquellos que trazan mis sentidos.
Yo, constelación absurda, bordeada de mi piel, separada del resto. Yo, Gota de Universo ¿inmersa, quizá, en otro, Vastísimo, Universo? Yo, también en tregua con el todo que me engloba. También, como ellos, pretendidamente ajena.
No tengo, en ningún recodo, vacíos.
En mi vientre pululan legiones, en mi sexo brigadas, en mis conductos trillones. Números-infinitos-de-vida-ínfima/ Sagaces-crustáceos-de-mis-retinas/
Valientes-protectores-de-mi-gobierno. ¿Qué soy yo sin los etéreos que detentan mi equilibrio?
¿Quién, sino la informe amalgama de éstos, miles de seres?
Una y trina, si tres es símbolo para lo incontable. Una y muchas, si he de creer a mi otra-yo, la que aparece con las fiebres. Una y todas, completa en mí, con los que hay adentro mío, todo apenas cierto, todo apenas sujeto a creer que en algún lugar los límites se corresponden a aquellos que trazan mis sentidos.
Yo, constelación absurda, bordeada de mi piel, separada del resto. Yo, Gota de Universo ¿inmersa, quizá, en otro, Vastísimo, Universo? Yo, también en tregua con el todo que me engloba. También, como ellos, pretendidamente ajena.
jueves, octubre 05, 2006
para
Sentada sobre barro, mi madre levanta
Un hombre de barro
Para adorarlo
Ojos ciegos como perlas
Pies perfectos
Viril
Se eleva
Mi príncipe de alabastro no sabe elevarse
Cabe perfecto en mi abrazo
Duerme, no sabe prometer, descansa
Es mío hasta el asombro
Puebla mis mañanas
Canta
Recostada sobre mármol
modelo
Un niño de mármol
Para
Un hombre de barro
Para adorarlo
Ojos ciegos como perlas
Pies perfectos
Viril
Se eleva
Mi príncipe de alabastro no sabe elevarse
Cabe perfecto en mi abrazo
Duerme, no sabe prometer, descansa
Es mío hasta el asombro
Puebla mis mañanas
Canta
Recostada sobre mármol
modelo
Un niño de mármol
Para
jueves, septiembre 28, 2006
Prácticas amatorias
Para E.
Un hombre burbuja posee un ciclo de vida efímero. Nacido de una pastilla de jabón, pervive desde las primeras gotas tibias hasta el final de un baño en la tina, esto es, de media hora hasta tres, dependiendo de la resistencia y desempeño del espécimen. Irisado, turgente, múltiple, despliega inmediatamente su perfume, para demarcar su territorio. Luego, se extiende por toda la superficie, contorneando los muslos y los senos de aquella que lo ha criado, delicadamente, en noches de deseo y confección.
Su ciclo sexual es por demás breve, aunque para él implica consumir la mayor parte de su existencia. Una vez localizado el útero y los labios, construye una pared. Es muy difícil para el hombre burbuja construir esta pared. Sus muros son frágiles, y debe esperar, pacientemente, para apilarse y parapetarse, hasta abrazar y rodear a su objetivo. La recipiente, cruel y divertida, experimenta esta agónica pelea por la vida del hombre burbuja como un leve cosquilleo, una agradable sensación preparatoria. Cuando el hombre burbuja logra ingresar, rozar las carnosas murallas con las suyas propias, en fricción, lucha y permisión, estalla. Goza al estallar, y goza aquella que lo presiente dentro. El éxtasis se eleva como una marea de espuma, abandonándolos lánguidos, a la tibieza de la compleción. Húmeda, ella al final se levanta -los restos del hombre burbuja esparcidos por su cuerpo como otras tantas escamas- y, la piel reluciente, los ojos vacuos, se aboca al resto de sus tareas. Sin embargo, la emergencia y lucha del hombre burbuja no pasan en vano. En su interior, ella comienza a materializar al próximo, a transubstanciarlo. Pronto surgirá otra pastilla de jabón, suave y cálida, cerca del aparador de la hembra. Y la naturaleza seguirá su curso.
Un hombre burbuja posee un ciclo de vida efímero. Nacido de una pastilla de jabón, pervive desde las primeras gotas tibias hasta el final de un baño en la tina, esto es, de media hora hasta tres, dependiendo de la resistencia y desempeño del espécimen. Irisado, turgente, múltiple, despliega inmediatamente su perfume, para demarcar su territorio. Luego, se extiende por toda la superficie, contorneando los muslos y los senos de aquella que lo ha criado, delicadamente, en noches de deseo y confección.
Su ciclo sexual es por demás breve, aunque para él implica consumir la mayor parte de su existencia. Una vez localizado el útero y los labios, construye una pared. Es muy difícil para el hombre burbuja construir esta pared. Sus muros son frágiles, y debe esperar, pacientemente, para apilarse y parapetarse, hasta abrazar y rodear a su objetivo. La recipiente, cruel y divertida, experimenta esta agónica pelea por la vida del hombre burbuja como un leve cosquilleo, una agradable sensación preparatoria. Cuando el hombre burbuja logra ingresar, rozar las carnosas murallas con las suyas propias, en fricción, lucha y permisión, estalla. Goza al estallar, y goza aquella que lo presiente dentro. El éxtasis se eleva como una marea de espuma, abandonándolos lánguidos, a la tibieza de la compleción. Húmeda, ella al final se levanta -los restos del hombre burbuja esparcidos por su cuerpo como otras tantas escamas- y, la piel reluciente, los ojos vacuos, se aboca al resto de sus tareas. Sin embargo, la emergencia y lucha del hombre burbuja no pasan en vano. En su interior, ella comienza a materializar al próximo, a transubstanciarlo. Pronto surgirá otra pastilla de jabón, suave y cálida, cerca del aparador de la hembra. Y la naturaleza seguirá su curso.
domingo, septiembre 24, 2006
ella
Los grillos, con su chirriar de conservatorio. Las aceras, los pétalos, las gotas, los océanos. La felicidad lenta de ir acomodando las canciones a la vida. El amor, las pastillas de chocolate, los colores de uñas, las mariposas, el sexo, las películas. El atardecer cantándole al vino bajo una parra. Las muecas, los besos, las lágrimas de asombro y de felicidad. Las otras lágrimas. Las palabras natalicio, convexo, extraordinario, subte y roto. Los ojos de quienes se quieren. Las embarazadas acarreando distraídas sus hijitos a casette. Los perros despeinados y los gatos gordos. Las pelotas de fútbol. Las brisas. La certeza incontestable de que el frío no está más para quedarse. Las tristezas de dos minutos 40 segundos.
La primavera, por todas partes.
La primavera.
La primavera, por todas partes.
La primavera.
lo que necesitamos
Tengo una salamandra viviendo en mi estufa. El diccionario me dice que es un batracio urodelo parecido al lagarto, de piel lisa de color negro intenso con manchas amarillas simétricas. Especie de estufa de combustión lenta. La red me dice que es el espíritu del fuego y por lo general se la representa envuelta en llamaradas, lanzando fuego. La salamandra tiene la sangre tan fría que las llamas no la dañan en absoluto. O sea, una combinación de las dos anteriores.
Naranja a la llama azul de mis inviernos –con manchas negras y ojitos vivaces- gris en el calor de mis veranos, a veces hace ruido y me molesta, como una mísera ratita atrapada en mi alacena. Y sin embargo, se trata de mi salamandra, resguardada en mi estufita de tiro balanceado. Sospecho que se coló una noche de luna y tibieza, allá por el 2004. Las ciudades, como a todo, se estaban comiendo su terreno. Ya casi no hay fuegos de combustión perenne donde guarecerse, ni fogatas espontáneas.
Así que mi salamandra se limita a estarse quieta, en la mísera llamita que, por piedad, escojo no apagar cuando el frío cesa. ¿Cuántos años puede una salamandra sobrevivir en estas condiciones? ¿Dónde y cómo debería liberarla? ¿Es acaso posible, liberarla?
Temo que se sienta sola, su sexo minúsculo vacío de esperanza, ya que la posibilidad de un salamandro en el edificio, en la ciudad, es remota. Y por eso, cuando la escucho moverse, ahí en la llamita, pido por ella y su futuro. Necesitamos de todos los seres en la tierra.
Naranja a la llama azul de mis inviernos –con manchas negras y ojitos vivaces- gris en el calor de mis veranos, a veces hace ruido y me molesta, como una mísera ratita atrapada en mi alacena. Y sin embargo, se trata de mi salamandra, resguardada en mi estufita de tiro balanceado. Sospecho que se coló una noche de luna y tibieza, allá por el 2004. Las ciudades, como a todo, se estaban comiendo su terreno. Ya casi no hay fuegos de combustión perenne donde guarecerse, ni fogatas espontáneas.
Así que mi salamandra se limita a estarse quieta, en la mísera llamita que, por piedad, escojo no apagar cuando el frío cesa. ¿Cuántos años puede una salamandra sobrevivir en estas condiciones? ¿Dónde y cómo debería liberarla? ¿Es acaso posible, liberarla?
Temo que se sienta sola, su sexo minúsculo vacío de esperanza, ya que la posibilidad de un salamandro en el edificio, en la ciudad, es remota. Y por eso, cuando la escucho moverse, ahí en la llamita, pido por ella y su futuro. Necesitamos de todos los seres en la tierra.
jueves, septiembre 21, 2006
el azar de las ciudades
Pasan por mi ventana, una tras otra. No puedo decir, como Marco Polo “ellas son así y no de otra manera”, no puedo describirlas. Impávidas, podrían no existir. Podría yo pasar a través de un túnel oscuro, y ellas deslizarse sin complejas maquinarias atravesándoseles.
Pronto será así: yo deslizándome de un punto a otro, para salir sin más a donde me digo, quiero estar. (El azar de las ciudades perdido para siempre). Sin sospecharlas, sin olerlas, sin ver sus nombres pasar como manchas en la niebla. Vacía de ellas…¿ qué interés posible podrá deparar un viaje?
Pronto será así: yo deslizándome de un punto a otro, para salir sin más a donde me digo, quiero estar. (El azar de las ciudades perdido para siempre). Sin sospecharlas, sin olerlas, sin ver sus nombres pasar como manchas en la niebla. Vacía de ellas…¿ qué interés posible podrá deparar un viaje?
jueves, septiembre 14, 2006
conjuro a por la gracia
Tomo una lapicera de tinta roja y temblorosamente, comienzo la lista de defectos de mi padre. No lo hago de manera ennumerativa, ni me ensaño en los detalles. Me limito a escribir todo lo que deseé que él fuera, en términos de carácter, de atención, de comprensión y de integridad. No quiero obviar ninguna posibilidad, ningún mito, ninguna imagen ensalzada e imposible. No es larga -al final- la tinta corre en líneas breves y yo suspiro, caminando, mientras busco un buen lugar para enterrarla.
Mientras cavo con mis manos, recuerdo, todas las imágenes brillantes, todas las ansias, todas las alegrías. También recuerdo la tradición del grito, que se esconde bajo tierra, y así salva a quien lo esgrime en contra de su propio silencio. ‘Esto es lo que va a liberarme de la tristeza’ me digo ‘este es el primer paso en contra de la pesadez, del desencanto’.
Luego, aliviada, confecciono una lista de los detalles que hacen a mi padre. Atuendos, manías, errores, virtudes. Todo lo que mi mano, las uñas sucias de tierra, puede conjurar para elevar una imagen veraz, absoluta, real, de mi padre. Y mirándola, lento, hago una reverencia.
Te debo la vida, papá. Todo eso, y nada más.
Nada más.
Mientras cavo con mis manos, recuerdo, todas las imágenes brillantes, todas las ansias, todas las alegrías. También recuerdo la tradición del grito, que se esconde bajo tierra, y así salva a quien lo esgrime en contra de su propio silencio. ‘Esto es lo que va a liberarme de la tristeza’ me digo ‘este es el primer paso en contra de la pesadez, del desencanto’.
Luego, aliviada, confecciono una lista de los detalles que hacen a mi padre. Atuendos, manías, errores, virtudes. Todo lo que mi mano, las uñas sucias de tierra, puede conjurar para elevar una imagen veraz, absoluta, real, de mi padre. Y mirándola, lento, hago una reverencia.
Te debo la vida, papá. Todo eso, y nada más.
Nada más.
martes, septiembre 12, 2006
lejos del paraiso
“Todos conocemos el árbol del Bien y del Mal, aunque, como en toda leyenda, tendemos a considerar como metáforas y simbología a esas antiguas y útiles descripciones realistas.
Verdaderamente, gustar del fruto del bien y del mal debió entenderse como exactamente eso: lograr el discernimiento orgánico de las cosas correctas y el orden correcto. Lo que entendimos mal fue el asunto de la serpiente: en realidad, el árbol mismo fue quien convenció a Eva de probarlo. La mismísima Docta Medicina, aún cuando ostenta un “árbol del saber” con dos serpientes a los costados en cada membrete e institución, no llega a entender el exacto significado de ese dibujo del Saber.
En fin, que el árbol del Saber tenga escamas y hable, no debería sorprender a nadie. Eso es lo que yo digo: que sangre al ser cortado, que engendre frutos de naturaleza iluminadora, que hable o que se mueva, que argumente o se desplace, no es más que una posibilidad más dentro de las perfectas posibilidades de lo Eterno. Además, otros árboles caminantes y sentientes han sabido ser registrados por los siempre despistados humanos. Aunque se da por supuesto que cualquier cosa que no se adapte al común tiende a pasar desapercibida. Apuesto a que ni siquiera sabeís qué facultades poseen los hierbajos de vuestro propio patio trasero. No se puede esperar mucho de quienes adoran a sus mascotas desde hace milenios y hasta ahora no saben qué quiere decir ‘guau’.
A lo que iba: tengo en mi casa un pequeño matorral del Discernimiento. Su existencia ha sido muy breve, no debe estar ahí más de cien años, lo que le hace un bebé de pecho en comparación a sus hermanos mayores. Brilla como el cuarzo, puesto que también posee algo el reino mineral, y supo camuflarse bastante bien hasta que las primeras hojas-iguana comenzaron a brotarle. Estas hojas son los primeros asomos del Árbol a la realidad circundante. Se pegan a todo, y con sus grandes ojos observan y transmiten al tronco todo lo que alcanzan a ver. Si se alejan mucho de él y no encuentran agua, rápidamente se secan y mueren, para luego ser dispersadas po el viento con el resto del follaje.
Una de ellas cayó sobre la punta de mi bota, hace un tiempo. Alcancé a verla sacudirse antes de que se secara y, hombre atento a lo Ordinario como me vanaglorio de ser, decidí investigar su origen en el acto. Siguiendo la estela de hojas-iguana no tardé mucho en vislumbrarlo. El Árbol se movía detrás de un antiguo seto que ha pertenecido a mi familia por generaciones. Como también soy educado, le saludé en voz alta y le insté a que se detuviera, para poder entretenernos con un poco de conversación. Veréis, el Árbol del Bien y del Mal es un poco suspicaz, pero su curiosidad puede más que su prudencia. Sin más preámbulo, agitó sus flores-labios en señal de reconocimiento, y emitió un silbido musical con ellos. Lo primero que hice fue empezar con un consejo, como signo de buena voluntad por mi parte: ‘Tus hojas-iguana empezarán a llamar la atención tarde o temprano’, le advertí, ‘puedo ver que estás curioso por el entorno que te rodea, pero los tiempos han cambiado mucho, los últimos cientos de años’.
Se podía ver que el Árbol me presentía con exactitud, y que estaba atento a mis palabras. Sin embargo, el hecho de saberlo todo respecto del Bien y del Mal no implicaba que el joven tronco hubiese experimentado la variada gama de emociones que conlleva ejercer tal conocimiento. Veréis, su castigo fue precisamente no ser expulsado, y está condenado –en general- a quedarse confinado a un rincón de la Tierra nada más. El pacto que logró ejercer con mis Antepasados Primeros, a espaldas del Creador, tal vez, fue que ellos vendrían a depositar a su sombra las experiencias habidas. Algunos pueblos han sabido mantener la costumbre mejor que otros, y aún se reúnen a cotillear bajo su sombra. Otros, más egoístas y desatentos, andan por ahí con sus barrigas llenas de experiencias atoradas, guardando todo para sí mismos. En cuanto a mi linaje, ya os lo dije, sabemos mantener las maneras, y las promesas, por generaciones.
Luego de una larga conversación, el Árbol me indicó que deseaba marcharse. Yo, a mi vez, me encontraba cansado y decidí retirarme, no sin agradecerle sinceramente su compañía. Esperaba verle una vez más, aunque se dice que todo hombre tiene sólo una chance para hacerlo en esta vida. Bastante sé yo de estas cosas, lo cierto es que charlar con el Árbol del Conocimiento te da una buena perspectiva.
Aún así, tal visión es intransferible y no se porqué pierdo el tiempo al intentar transmitirosla. Quizás se deba a que mis viejos huesos ya no son los de antes, aunque mi espíritu se mantenga joven. Era un buen Árbol, y aún doy una vuelta por el seto, a la vera del Bosque Viejo, esperando verle. Sí, es verdad, hacéis bien en señalarme que la esperanza no es una forma del discernimiento, pero, qué queréis, es lo que a fin de cuentas nos impulsa a caminar aquí afuera, lejos del Paraíso".
Verdaderamente, gustar del fruto del bien y del mal debió entenderse como exactamente eso: lograr el discernimiento orgánico de las cosas correctas y el orden correcto. Lo que entendimos mal fue el asunto de la serpiente: en realidad, el árbol mismo fue quien convenció a Eva de probarlo. La mismísima Docta Medicina, aún cuando ostenta un “árbol del saber” con dos serpientes a los costados en cada membrete e institución, no llega a entender el exacto significado de ese dibujo del Saber.
En fin, que el árbol del Saber tenga escamas y hable, no debería sorprender a nadie. Eso es lo que yo digo: que sangre al ser cortado, que engendre frutos de naturaleza iluminadora, que hable o que se mueva, que argumente o se desplace, no es más que una posibilidad más dentro de las perfectas posibilidades de lo Eterno. Además, otros árboles caminantes y sentientes han sabido ser registrados por los siempre despistados humanos. Aunque se da por supuesto que cualquier cosa que no se adapte al común tiende a pasar desapercibida. Apuesto a que ni siquiera sabeís qué facultades poseen los hierbajos de vuestro propio patio trasero. No se puede esperar mucho de quienes adoran a sus mascotas desde hace milenios y hasta ahora no saben qué quiere decir ‘guau’.
A lo que iba: tengo en mi casa un pequeño matorral del Discernimiento. Su existencia ha sido muy breve, no debe estar ahí más de cien años, lo que le hace un bebé de pecho en comparación a sus hermanos mayores. Brilla como el cuarzo, puesto que también posee algo el reino mineral, y supo camuflarse bastante bien hasta que las primeras hojas-iguana comenzaron a brotarle. Estas hojas son los primeros asomos del Árbol a la realidad circundante. Se pegan a todo, y con sus grandes ojos observan y transmiten al tronco todo lo que alcanzan a ver. Si se alejan mucho de él y no encuentran agua, rápidamente se secan y mueren, para luego ser dispersadas po el viento con el resto del follaje.
Una de ellas cayó sobre la punta de mi bota, hace un tiempo. Alcancé a verla sacudirse antes de que se secara y, hombre atento a lo Ordinario como me vanaglorio de ser, decidí investigar su origen en el acto. Siguiendo la estela de hojas-iguana no tardé mucho en vislumbrarlo. El Árbol se movía detrás de un antiguo seto que ha pertenecido a mi familia por generaciones. Como también soy educado, le saludé en voz alta y le insté a que se detuviera, para poder entretenernos con un poco de conversación. Veréis, el Árbol del Bien y del Mal es un poco suspicaz, pero su curiosidad puede más que su prudencia. Sin más preámbulo, agitó sus flores-labios en señal de reconocimiento, y emitió un silbido musical con ellos. Lo primero que hice fue empezar con un consejo, como signo de buena voluntad por mi parte: ‘Tus hojas-iguana empezarán a llamar la atención tarde o temprano’, le advertí, ‘puedo ver que estás curioso por el entorno que te rodea, pero los tiempos han cambiado mucho, los últimos cientos de años’.
Se podía ver que el Árbol me presentía con exactitud, y que estaba atento a mis palabras. Sin embargo, el hecho de saberlo todo respecto del Bien y del Mal no implicaba que el joven tronco hubiese experimentado la variada gama de emociones que conlleva ejercer tal conocimiento. Veréis, su castigo fue precisamente no ser expulsado, y está condenado –en general- a quedarse confinado a un rincón de la Tierra nada más. El pacto que logró ejercer con mis Antepasados Primeros, a espaldas del Creador, tal vez, fue que ellos vendrían a depositar a su sombra las experiencias habidas. Algunos pueblos han sabido mantener la costumbre mejor que otros, y aún se reúnen a cotillear bajo su sombra. Otros, más egoístas y desatentos, andan por ahí con sus barrigas llenas de experiencias atoradas, guardando todo para sí mismos. En cuanto a mi linaje, ya os lo dije, sabemos mantener las maneras, y las promesas, por generaciones.
Luego de una larga conversación, el Árbol me indicó que deseaba marcharse. Yo, a mi vez, me encontraba cansado y decidí retirarme, no sin agradecerle sinceramente su compañía. Esperaba verle una vez más, aunque se dice que todo hombre tiene sólo una chance para hacerlo en esta vida. Bastante sé yo de estas cosas, lo cierto es que charlar con el Árbol del Conocimiento te da una buena perspectiva.
Aún así, tal visión es intransferible y no se porqué pierdo el tiempo al intentar transmitirosla. Quizás se deba a que mis viejos huesos ya no son los de antes, aunque mi espíritu se mantenga joven. Era un buen Árbol, y aún doy una vuelta por el seto, a la vera del Bosque Viejo, esperando verle. Sí, es verdad, hacéis bien en señalarme que la esperanza no es una forma del discernimiento, pero, qué queréis, es lo que a fin de cuentas nos impulsa a caminar aquí afuera, lejos del Paraíso".
sábado, septiembre 09, 2006
ellas desean
50 años y un cuerpo espectacular, ningún novio oficial, el miedo de la familia es que la viuda llame a un hombre casado, su miedo es aburrirse sola.
40 años y un espíritu incansable, su novio es un hombre diez años menor, el miedo del ex marido es que ella esté mejor sin él, su miedo es no confiar nunca más en ninguno.
30 años y el mismo rincón se enciende cuando la miras por más de un minuto, casada y separada, el miedo de él es que la deje, su miedo es no poder hacerlo.
Todas todas ellas tuvieron 20 años, ganas de tener hijos, ganas de tener historias, ansias de tener carreras.
Todas aseguran que ellos sólo saben detenerte y enredar temiendo.
Y yo sólo sé que no quiero eso. Conciliadora, imprudente, loca, deseo.
Que no por ser así quedemos mancas de mundo masculino, que no por no querer o querer demás queden ustedes sin mundo femenino.
Sin alguien que, al despertar, cada única mañana, sepa de la inmensa suerte de tenerte, y viceversa.
40 años y un espíritu incansable, su novio es un hombre diez años menor, el miedo del ex marido es que ella esté mejor sin él, su miedo es no confiar nunca más en ninguno.
30 años y el mismo rincón se enciende cuando la miras por más de un minuto, casada y separada, el miedo de él es que la deje, su miedo es no poder hacerlo.
Todas todas ellas tuvieron 20 años, ganas de tener hijos, ganas de tener historias, ansias de tener carreras.
Todas aseguran que ellos sólo saben detenerte y enredar temiendo.
Y yo sólo sé que no quiero eso. Conciliadora, imprudente, loca, deseo.
Que no por ser así quedemos mancas de mundo masculino, que no por no querer o querer demás queden ustedes sin mundo femenino.
Sin alguien que, al despertar, cada única mañana, sepa de la inmensa suerte de tenerte, y viceversa.
domingo, septiembre 03, 2006
de la casa amarilla
Te amé en la penumbra azul, tras paredes amarillas.
Con toda el alma y cada-escama-de-mi-cuerpo
Te fuiste, y yo persigo
el susurro de pasos,
el murmullo de risas,
sola al sol, adentro
apacible, entre las sombras, una nostalgia, desaforada, pequeña, encuentro
Esto es mío,
de la casa amarilla
esto me llevo.
Con toda el alma y cada-escama-de-mi-cuerpo
Te fuiste, y yo persigo
el susurro de pasos,
el murmullo de risas,
sola al sol, adentro
apacible, entre las sombras, una nostalgia, desaforada, pequeña, encuentro
Esto es mío,
de la casa amarilla
esto me llevo.
jueves, agosto 31, 2006
31log day
faltando a mi constumbre de no andar con memes, toca mencionar un par (ejem, cinco) de blogs nuevos, de ésos que alegran el recorrido por la nete:
_Euge si bien no se actualiza mucho, lo que siente es fuerte y claro, anti espirituales abstenerse.
_Le.mon.grass ella es realmente creativa, y una de l@s pocas paceñ@s que tolero leer en inglés, con la sola excepción de MABB probablemente.
_Mi meme Rodrigo Antezana y artículos varios sobre cine,literatura y afines
_Gato diversos temasde un bloguero cordobés especializado en diseño,pero no sólo
_Angel el amable español que me motivó al meme, gracias che, y un saludo!
_Euge si bien no se actualiza mucho, lo que siente es fuerte y claro, anti espirituales abstenerse.
_Le.mon.grass ella es realmente creativa, y una de l@s pocas paceñ@s que tolero leer en inglés, con la sola excepción de MABB probablemente.
_Mi meme Rodrigo Antezana y artículos varios sobre cine,literatura y afines
_Gato diversos temasde un bloguero cordobés especializado en diseño,pero no sólo
_Angel el amable español que me motivó al meme, gracias che, y un saludo!
miércoles, agosto 30, 2006
verla pasar
Si pudiese, me quedaría trenzando mis cabellos, en la puerta de mi casa, mirando pasar la vida.
Hacedora de los amaneceres, de las múltiples mañanas, esperaría.
Lluvias, arco iris, nietos, flores, arrayanes.
Sin embargo, aún no es mi tiempo para.
Aún mi cabello no es gris viejo, ni mis manos han acariciado la frente de mis hijos.
Aún no sé, aunque he sabido sospecharlo, de haber tenido y haber perdido; aún mis músicas no se componen de tangos, boleros y memorias.
Aún no puedo ver pasar la vida.
Hacedora de los amaneceres, de las múltiples mañanas, esperaría.
Lluvias, arco iris, nietos, flores, arrayanes.
Sin embargo, aún no es mi tiempo para.
Aún mi cabello no es gris viejo, ni mis manos han acariciado la frente de mis hijos.
Aún no sé, aunque he sabido sospecharlo, de haber tenido y haber perdido; aún mis músicas no se componen de tangos, boleros y memorias.
Aún no puedo ver pasar la vida.
jueves, agosto 24, 2006
tanto deseo
Hay momentos en los que no puedo más que detenerme a contemplar la luz. Dorada, me impulsa a dormir, blanquecina, me impulsa a alimentarme. Como si mis ojos estuviesen recubiertos de finísimas láminas de verde, la luz me permite respirar.
Hoy, en el patio, recordé que a veces, de noche, cuando insomne recorro las baldosas, deseo al rey del sueño: sus ojos son dos carbones encendidos, su piel es de alabastro, su traje está cubierto del polvo de las hadas. De niña, era para mí, idéntico, aunque pequeño y desmelenado. Ahora, es a él a donde voy, cuando la luz me empuja...
Nunca quiso llevarme. A veces, temo que cambie de opinión, y lo haga. Pero cuando me pesan los huesos, las pasiones, el estómago y los labios, miro al tibio resplandor de la tarde, al sordo titilar de la noche, y ruego. Aunque una humana no pueda atreverse a rozar al infinito, aunque no sea de este mundo pedir por el siguiente, yo, en esas tardes donde la luz diluye los objetos, imploro.
¿Porqué, pesada, no alcanzo con beber toda esta maravilla? ¿Porqué tanto deseo?
Hoy, en el patio, recordé que a veces, de noche, cuando insomne recorro las baldosas, deseo al rey del sueño: sus ojos son dos carbones encendidos, su piel es de alabastro, su traje está cubierto del polvo de las hadas. De niña, era para mí, idéntico, aunque pequeño y desmelenado. Ahora, es a él a donde voy, cuando la luz me empuja...
Nunca quiso llevarme. A veces, temo que cambie de opinión, y lo haga. Pero cuando me pesan los huesos, las pasiones, el estómago y los labios, miro al tibio resplandor de la tarde, al sordo titilar de la noche, y ruego. Aunque una humana no pueda atreverse a rozar al infinito, aunque no sea de este mundo pedir por el siguiente, yo, en esas tardes donde la luz diluye los objetos, imploro.
¿Porqué, pesada, no alcanzo con beber toda esta maravilla? ¿Porqué tanto deseo?
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